La poesía de

Laura Yasan

Libros publicados

tracción a sangre

Edit. La bohemia 2004

Contratapa del libro

¿Es el poeta prisionero o prisión de su propia libertad?
Este es un libro cabal. No en vano su obra anterior, Cotillón para desesperados, colocó el nombre de Laura Yasan a nivel de revelación en su género específico. Recuerdo que celebré alcanzar a descubrir esta voz personalísima, singular, llegándome desde lo atemporal de la poesía salvada.
Fue una ardua, gozosa tarea interior el internarme en su génesis herida y valorar, paso a paso, la compleja integridad semántica de su lenguaje de ruptura, Ahora, un nuevo iceberg en medio del desierto reitera climas de acendrado lirismo trakleano, sin por ello postergar la pasión implícita y sin claudicaciones que ilimita su pulso, no exento de la violenta seducción frontal que su talento confiere a las más de sus páginas.
La elocuencia simbólica del título elegido para el bautismo de su poética (Tracción a sangre) nos alerta acerca del más allá habitable de sus valores testimoniales que, de hecho, exigen lectores avezados.
Armoniosa, audaz, desafiante, certera en su virtual alegato -humano, humanístico, sociocultural- diáfana en la posesión de la belleza otra e implacable en la persecución de su propio secreto, Laura Yasan asume en plenitud la trascendencia de su desnudez creadora sin lugar a duda llamada a perdurar como patrimonio generacional de nuestra joven poesía argentina contemporánea.

Ana Emilia Lahitte

Presentación por Luis Tedesco

TRACCION A SANGRE de Laura Yasan

Entre los proyectos que uno va dejando de lado, en mi caso, los relacionados con el mundo del libro, hay uno que me atañe muy directamente como lector y como editor.
Siempre tuve la fantasía de realizar -o, en todo caso, ver realizada- una colección, es decir, una serie de libros que registraran los subrayados de ciertos~ autores en sus libros acumulados, a lo largo de los años, en sus bibliotecas personales.
Es decir, registrar la compañía manifiesta de un autor con sus libros: tal el sentido del subrayado, tal el sentido de leer, pasados los años, lo que hemos subrayado cuando no éramos las personas que luego, para bien o para mal, terminamos siendo. Sería el caso, por ejemplo, de leer a Lugones en los subrayados de Borges; a Valery en los subrayados
de Mastronardi; la literatura provenzal, el trovador en los subrayados de Ezra Pound; la Divina Comedia en los versos destacados por Eliot, o los versos de Dar!o en la lectura de César Vallejo...
Y así indefinidamente.
Podrían añadirse, ¿por qué no? las notas incidentales escritas en los márgenes, los signos de admiración o de interrogaci6n destacando una palabra, una imagen, e incluso los fragmentos o poemas escritos
en las páginas finales del libro, las páginas en blanco en que culmina todo buen libro.
Toda lectura es una conversaci6n, y acaso el mejor homenaje del lector-poeta sean esos versos apresurados -a veces descartados, a veces definitivos- con los que busca corresponder al generoso despliegue del autor admirado.
Mi intención es, por lo ya pueden advertir, comentar mis subrayados en este último libro de Laura Yasan, es decir, voy a comentar algunos de los muchos subrrayados que me provocó su lectura.
Lo primero que subrayé fue el titulo: Tracción a sangre. La palabra tracción, según la Real Academia, describe la acción de tirar “de alguna cosa para moverla o arrastrarla”
El Diccionario de Maria Moliner, el Diccionario de los escritores, agrega esta interesante particularidad: la tracci6n "constituye una de las pruebas técnicas de ensayo para medir la resistencia de los materiales.
Estamos aqui ya instalados en el vértigo de la lengua.
Laura Yasan no dice tracción animal, tracción mecánica, o a vapor, según los ejemplos propuestos por los diccionarios. Ella dice tracción a sangre, con lo cual el efecto de medir la resistencia de los
materiales, señalado por María Moliner, debe adecuarse al hecho de que el material sometido a la prueba es la sangre.
Cuánto podrá resistir la sangre ese tironeo mediante el cual el cuerpo vivo es arrastrado de aquí para allá por el vértigo de la vida?
Esta es la pregunta fundamental que nos propone Laura en su libro.
Esta imagen, esta pregunta, instalan el libro en la tradición de la estética expresionista, derivada a su vez del manierismo barroco, que a su vez hunde sus raíces en las zonas más oscuras del arte occidental, desde las Metamorfosis de Ovidio hasta la obra del Bosco.
Es decir: aquí la gracia, las armonías de los contrarios, han desaparecido. Lo que queda es el cráter de la ruptura, y el lenguaje da cuenta de esa ruptura proponiendo una torsión manierista de la expresión. De este modo, la deformación hallada en lo escindido del objeto se refleja en lo escindido de la sensación que lo recibe.
En el caso del libro que comentamos, lo escindido es el cuerpo obligado a separarse de su posibilidad de plenitud para adecuarse a la oscura misión de arrastrar el aparato ps1quico -eso que antes denominábamos alma-, vapuleado a su vez por la angustia de no recibir del cuerpo otra señal que las narcotizadas sensaciones que provoca el choque incesante entre lo que se busca y lo que se logra.
Si este choque, en la vida real, deforma y degrada la plenitud de los sentidos, en el plano de la realización poética propone una disyuntiva inquietante, y sin duda enigmática: el poema está obligado a no perder de vista su obligatoria búsqueda de perfección formal, en tanto que el cuerpo que escribe se hunde más y más a medida que el significado halla en el logro estético su forma definitiva.
Así escribe Laura en un poderoso poema, Palabras no, del que leo mis subrayados:

no hay nada verdadero en las palabras
..........
todo lo que deseo
es arrancarme de los pies
este vendaje sucio estos zapatos húmedos
..............
el fulgor que no existe y me sigue alumbrando como una estrella muerta
todo lo que persigo termina devorándome
.............
no llegaré a la noche esperando palabras

Voy a detenerme en un verso: el fulgor que no existe y me sigue alumbrando como una estrella muerta
Este verso, de tanta amplitud y belleza, resume la idea del mundo, y la estética implícita en esa idea mundo, posterior al Dios ha muerto nietascheano. Todo el siglo XX está atravesado, en Occidente, por la actividad del dios muerto. El dios vivo, todopoderoso y tonante, el dios cruel y misericordioso de la teología judeo-cristiana, está activo aún, activo como actividad de lo muerto, como ese "fulgor que no existe" , dirá Yasan, pero sigue "alumbrando como una estrella muerta".
El mundo se convierte así en un enorme velatorio, con la idea del dios muerto exhalando la pálida luz del sin sentido, la ominosa sensaci6n de vacío que da la carencia entendida no sólo como carencia de la condición humana, sino como carencia en el estatuto conceptual del universo.
Pero el verso de Laura es, si se quiere, más categórico que el grito nietzscheano: el fulgor no existe, nunca existió, siempre estuvo ausente y siempre alumbró como una estrella ausente. El sinsentido, o el dolor de no dar con el sentido en caso de que el sentido exista y sea posible descubrir el modo de alcanzarlo, le hace decir, en las postrimerías del poema:

no llegaré a la noche esperando palabras
ya fui sequía

Coincido con Ana Emilia Lahitte cuando habla "de un acendrado lirismo trakleano” en la poesía de Laura Yasan. Y es cierto: así como Geor Trakl, Laura construye una versión lírica de la existencia a partir de las ruinas y fragmentos del mundo dado, sólo que en su libro la subjetividad opera con una crispación ausente en los textos del gran poeta alemán. Lo que en Trakl son otoñales atmósferas de la decadencia, en Laura Yasan pasan a ser estallidos conceptuales ligados, muy ligados, con la agonía psíquica y el desmembramiento de la sensaci6n corporal.
"Aborta el cuerpo su mensaje" , escribe. "Lo escrito con el cuerpo enhebra en su collar / la llave de dos mundos" , insiste. Así encuentra "harapos de miedo" cuando sale a golpear por su ración". “Cargo en mi cuerpo una mujer inválida que baila cuando duerme", escribe en el poema que da título al libro, y agrega versos rotundos sobre la condición escindida, rota, de lo que Heidegger, refiriéndose a Trakl, describe como el ser arrojado en la huella perdida, la huella que ya no es senda dadora de sentido. Dice Laura:

cargo su enfermedad en la penumbra de mis huesos
su equipaje de anemia
su andamiaje de circo
la quiero al otro lado pero el puente se ha roto
la primera mitad no le interesa
la segunda es negada
vuelvo sobre sus pasos cada noche
para ocultar la huella cada día
como el guardián de un ancla que se oxida

De este modo, Laura pasa del "fulgor que no existe" y sin embargo alumbra como una estrella muerta al “ancla que se oxida". La primera imagen está todavía emparentada con la metafísica desacralizada del siglo XX, y se la podría asociar con el desasosiego de Henri Michaux, acaso el más importante poeta en lo que hace a este modo de sentir, cuando dice: "He sido construido sobre una columna ausente" .Pero "el ancla que se oxida", o, más precisamente, “ser el guardián de un ancla que se oxida", propone una lectura distinta, y acaso más tensa, que la quietud fatalista de Michaux.
En primer lugar, nos habla de algo que es, que está, nos habla de un ancla, es decir, de una materia presente, de una herramienta, si se quiere, mediante la cual el andar de la nave puede -es decir, el conductor del andar de la nave- puede decidir detenerla con la intención de mirar lo hecho, descansar, reflexionar sobre el trayecto cumplido o, incluso, si ha llegado a puerto, puede proceder a reparar las averías, embellecer su pote, ¡tantas cosas puede hacer el sujeto cuando todavía es capaz de detenerse para mirar en sí mismo!
Pero ocurre que el ancla de Yasan se oxida, está en trance de degradación, ya no es tan confiable porque el óxido, como ustedes saben, corroe. Y así como admitimos en Michaux la utilización de esa palabra, columna, como metáfora del sentido que debería atravesar la materialidad consciente del sujeto, podemos aceptar en Yasan la metáfora del ancla como paradero de su voluntad conceptual.
Es esa voluntad, entonces, lo que aparece corroído. Es esa voluntad la que debe ser arrastrada por el cuerpo, la nave, es esa oxidada voluntad conceptual la que ya no responde a los requerimientos de la duración propuesta al viaje terrestre.
He aquí la tracción a sangre a que está condenada la travesía.
Estas imágenes subrayadas en el libro de Yasan, y muchas otras que atraviesan el texto, retoman un aspecto siempre presente en la gran poesía de todos los tiempos. Me refiero a la responsabilidad que nos cabe como constructores de sentido. No sólo somos victimas de la corrosión de la voluntad conceptual, también somos responsables de esa corrosión.
El mundo no ha quedado en ruinas por un capricho de los dioses, ni el sujeto ha quedado a la deriva por la ausencia metafísica de la columna conceptual que le daba sentido.
Lo que somos, y también lo que no somos, es obra nuestra.
La completud que pensamos para afincar lo mejor de nosotros, y la completud que nos falta para dejar de ser menesterosos del espíritu, son obra nuestra.
Los clásicos no eran caritativos con las excentricidades agónicas del sujeto, ni se engolosinaban con sus desventuras subjetivas. Es precisamente esta actitud de aceptar la contingencia como responsabilidad personal lo que retoma la poesía de Laura Yasan. Por eso puede escribir con conmovedora seriedad lírica:

el tiempo dice que si no me apuro
voy a entrar a la edad del desengaño
por la puerta de atrás
condenada a la humedad artificial como una flor de invernadero
el tiempo antes me acariciaba el pelo
escondido en los patios de la infancia
ahora le crecieron tenazas en las uñas
cada día despierto con los huesos partidos
y un crujido de barco en medio de la noche

Luis Tedesco

tracción a sangre

cargo en mi cuerpo una mujer inválida que baila cuando duerme
trenza el cabello blanco de la muerte para ganarse su favor
como una novia ciega que deba conformarse
con la corta memoria de sus dedos
                       despierta cuando miente
lleva un cascote atado a la correa de la lengua
va removiendo un surco tras de mí
una continuación que me persigue como una cola de chatarra
                       se enciende cuando callo
cargo su enfermedad en la penumbra de mis huesos
            su equipaje de anemia
            su andamiaje de circo
la quiero al otro lado pero el puente se ha roto
la primera mitad no le interesa
la segunda es negada
vuelvo sobre sus pasos cada noche
para ocultar la huella cada día
como el guardián de un ancla que se oxida
un perro encadenado a un desierto de vidrio
lamiéndose la sombra

octubre

no tengo más que un fósforo para toda la noche y es octubre
un caballo cansado que me pasa la lengua por el pelo
un harapo de miedo
la edad que se articula en su tamaño
y se inserta otra vez por el aro del mundo
siempre en octubre vuelve y no trae palabras para mí
trae un silencio impuro sobre la boca cruda
y el beso que deseo
es apenas cadáver del consuelo
vuelco en octubre
soy tiza en la pizarra de sus ojos
y enhebro en la plegaria dijes de fantasía
muñequitas desnudas cuando llueve en octubre
cuando salgo a golpear por mi ración
y regreso a la cama con un vaso de leche
donde su gota de mercurio
brilla

taxi blues

entro a la madrugada como un soplo de música por el cuerpo de un saxo
hablo con un extraño
blanda y lejana sobre la piel del tapizado
en una sorda intimidad
rodar por la avenida tripulando una cápsula de humo
nunca hay tormento en lo casual
sé que me miente
resbala en los detalles de una vida inventada para aguantar el vértigo de la velocidad
es demasiado tarde
y la noche me inquiere como un hombre a quien abandoné sin avisar
pregunta dónde estuve
qué puertas violenté
pregunta si sostengo todavía ese vidrio
si salgo a rayar autos con carita de ángel
le digo que a esta edad no se ve nítido
que anduve por ahí
que había una valija con sus cosas y no recuerdo bien cómo era el cuarto
nada más un color
una ventana abierta sobre la primavera
y después ya fue invierno pero no me detuve
le dije que perdí su dirección
le dije que fue fácil
tampoco le importó saber si le mentía

llegar a salvo

hay que saber llegar hasta la orilla sin mojarse los pies
cruzar una ciudad en donde el agua es negra
y negra es la saliva de los perros
y negro el semen que descargan los ángeles
en las sábanas sucias de los partos
hay que hundir la cabeza con los ojos abiertos
negociar el ardor
forzar al corazón su máquina de aceite
y resistirlo a flote una noche completa
hay que entregar el cuerpo a la corriente
fijar la convicción
                                   nadie vendrá para salvarme
no soltar la palabra que dispare el alud de un espejismo
                                   nadie
vendrá para salvarme
tragar si es necesario
la sal que se desprende generosa de tu propio temor
sentirte el muelle de un puerto abandonado
una vieja estructura que el tiempo embiste sin control
hay que saber quedarse y aguantar
saber que no vendrá
                                    para salvarme
nadie

apuntes de fe

creo en lo que se mueve detrás de la aspereza
en la instancia agotada de una promesa rota
creo en la inmediatez
creo en las despedidas
en los cuerpo vencidos por el peso de la parte que falta
creo en la vanidad
creo en lo efímero
en la trinchera que construye la noche con las piedras del día
creo en los pactos del azar
en la brutalidad de los sentidos
en esa dentellada que sufren los cimientos cada nueva estación

yo pego inútilmente la espalda a la pared
vivo en esa cornisa
tarde o temprano me romperé los dientes sin el menor estilo
sé predecir esa obviedad
creo en la conveniencia de recapitular
en la esforzada dignidad que me asiste
en los favores del instinto
más que en ninguna cosa

visita guiada

es una falla que confronta
el deseo de ir y un lugar que no existe

                               yo vivo ahí

es un renglón que nunca se interrumpe
y el carro de una remington cuando encuentra su tope
soy la velocidad y el punto muerto
la aguja del electro rayando en el papel un coma cuatro

                               yo vivo ahí

siempre tengo albañiles reparando
el desgaste brutal de la fricción
un desfile de obreros articulando andamios
todo el día sudando sobre el techo
mezclando cal y arena con sus brazos tatuados
con su lenguaje sucio

                                yo vivo ahí

soy una obra en construcción que se derrumba en forma permanente
un defecto sutil de nacimiento
la vida como un thriller
una montaña rusa
mejor no me visites
entrás en esa puerta giratoria y no hay como salir

                                yo vivo ahí

dicen que el arquitecto era un tipo elegante

2002

éramos ignorantes durmiendo en la salud
a la mañana hablábamos del tiempo
y algo crecía adentro de la almohada
un huevo de traición
un inquilino despreciable
lo oíamos jadear sobre las ollas
orinar el jardín
podíamos sentir como brotaban pelos de su boca
y hablar de otro país de otras ciudades
despertamos en brazos de su fiebre
iba empujando un carro cargado de cartones
gritaba oid mortales
los pibes de la cuadra caían reventados a balazos
quiso volver a casa en el vagón oscuro
quiso arrancarle un beso a la reina del plata
robar la piedra falsa que brilla en su corona
hacerle una familia para salir unidos a buscar
latas vacías
un tren donde pasar la noche
oid el grito en el corral
el faro del infierno un animal urbano cargado de animales
oid como mastica
oid los proyectiles clavarse en las costillas de los chicos
en las férreas columnas de los interrumpidos
sagrado el grito de la reina del plomo
oid mortales en el desterradero
como empuja su carro

trapecio

al encuentro de qué me precipito
cuando salgo a buscarte
¿acaso intentaría deshabitar la historia
cambiar su decorado de pensión
donde una nena juega con su bebé de carne
a ser mamá de una muñeca?
¿acaso forzaría la visión de ese invierno
cuando aprendí a colgarme del trapecio
y la única red que me esperaba
era el hielo delgado de tu reprobación?
qué habré de reparar cuando te busco
¿no fui estrella en tu circo miserable
no lucí en su tarima mi vestido vulgar
ceñida por tus brazos en un corsé de plomo?
¿no traza el corazón siempre la misma ruta
bajo el sol calcinante del recuerdo?
¿no llego siempre al mismo sitio
ese abismo sin fin donde los hombres vacían sus maletas?
¿no es la propina que se gana en la arena
lo único que brilla en ese pozo
cuando salgo a buscarte?

apuntes de viaje

llevo un registro
se parece al diario de un embalsamador
                        es lo que veo
cuando cruzo la ciénaga del habla
y atravieso ciudades que acaban de quemarse

siempre es del otro lado cuando mis ojos miran
y hay que correr un tren cargado de cadáveres
besarles la memoria
juntarles puñaditos de patria para torcerles el exilio
y remendar agujeros en la oscuridad

siempre es del otro lado donde soy extranjera
y asumo la violencia de un paisaje que nunca se completa
como se hereda una enfermedad
                      es lo que veo
cuando salgo a buscar ramas para la hoguera
y sólo traigo fiebre del pantano
palabras como pescados muertos
y una piedra en los ojos

palabras no

no hay nada verdadero en las palabras

                         todo lo que conozco
es este parador en medio de la ruta
un bloque de concreto bajo el cielo infinito

                          todo lo que deseo
es arrancarme de los pies
este vendaje sucio estos zapatos húmedos

                          lo poco que comprendo
viaja de la belleza a la locura de la locura a la belleza
y no termina nunca de llegar

tengo ese hábito
un tránsito frenético a la luz
el fulgor que no existe y me sigue alumbrando como una estrella muerta

                           todo lo que persigo termina devorándome
es el atardecer y no quiero saberlo
no quiero moderar el estallido
no quiero que se extinga
no llegaré a la noche esperando palabras
ya fui sequía

si es necesario un bosque para que el fuego arda un día más
ahora seré rayo

Laura Yasan 2017